A la sombra del Mundial 2026, México también prepara su Mundial de Personas sin Hogar

A la sombra del Mundial 2026, México también prepara su Mundial de Personas sin Hogar

Se acerca el verdadero Mundial. El que promete estadios futuristas, audiencias de varios miles de millones de espectadores, contratos publicitarios vertiginosos e imágenes destinadas a recorrer el planeta. En unas horas, México compartirá con Estados Unidos y Canadá el honor de ser sede de la competencia deportiva más grande del mundo. Todas las miradas estarán puestas en Kylian Mbappé, Ousmane Dembélé, Erling Haaland, Achraf Hakimi, Mohamed Salah, Lionel Messi, Lamine Yamal, Harry Kane, Neymar e incluso Cristiano Ronaldo, por nombrar algunos. Sin embargo, detrás de los focos dorados, otra realidad acompaña ya este Mundial de América 2026. En el fútbol se están produciendo como rara vez antes debates geopolíticos. Las tensiones internacionales, los cuestionamientos sobre la participación de ciertas naciones, las crisis migratorias que sacuden parte del continente americano, la situación en Haití, las complejas relaciones que mantiene la administración de Donald Trump con varios países del mundo, incluido Irán. Todo esto crea un telón de fondo pesado y a veces inquietante. En este ruido donde el dinero fluye libremente y donde cada gesto de una estrella se convierte en un acontecimiento global, el fútbol corre a veces el riesgo de olvidar a quienes viven lejos de las gradas VIP, lejos de las cámaras y lejos de los privilegios. Precisamente aquí comienza otra historia.

Porque mientras la FIFA prepara su inmensa celebración global, México también se prepara para albergar una competición mucho menos publicitada pero quizás aún más imprescindible. El Mundial de Personas sin Hogar se llevará a cabo en su edición número 21 en la capital mexicana. Durante más de veinte años, este torneo ha transformado un balón en una puerta de entrada a una vida mejor. La idea nació a principios de la década de 2000 en torno a una conversación nocturna en Austria. Dos hombres, Mel Young y Harald Schmied, observaron una cruel paradoja. Expertos, dirigentes de asociaciones y responsables de la toma de decisiones debatieron sobre el destino de las personas sin hogar, mientras que estos últimos estuvieron ausentes del debate. Luego imaginaron una competición internacional en la que las personas en situación de exclusión pudieran finalmente representar a su país, vestir una camiseta nacional y encontrar un lugar ante los demás. Casi 18 meses después tuvo lugar el primer torneo en Graz. Desde entonces, más de 1,7 millones de vidas se han visto beneficiadas por los programas vinculados a esta iniciativa. Cada año, cerca de 200.000 personas se benefician del apoyo a través de una red presente en más de 70 países. Allí el fútbol no es un objetivo. Se convierte en un lenguaje universal capaz de recrear vínculos, restaurar la confianza y ofrecer a hombres y mujeres, a menudo invisibles, la oportunidad de recuperarse.

Nos vemos en 6 meses

La edición de 2027 (del 17 al 23 de enero) pretende llevar esta ambición aún más lejos. Su símbolo tiene un nombre casi poético con Impact Stadium. Un estadio virtual construido asiento por asiento en todo el mundo con un objetivo inmenso. “Durante más de 20 años y a lo largo de 20 Copas Mundiales para Personas sin Hogar, hemos visto cómo el fútbol ayuda a personas a reconstruir sus vidas en todo el mundo. Hemos visto a jugadores reconectarse con sus comunidades, encontrar trabajo, mejorar su salud mental y recuperar un sentido de propósito y pertenencia. El Impact Stadium ofrece a todos los seguidores la oportunidad de contribuir a esta historia. Cada asiento representa a alguien que apoya nuestra visión de un mundo sin personas sin hogar y que está junto a nuestros jugadores y nuestros 75 países miembros. Y juntos podemos construir algo verdaderamente excepcional. Gracias por creer en el poder del fútbol y apoyar nuestro trabajo.“, explica Mel Young. Superar los 114,600 espectadores que llenaron el Estadio Azteca durante la final del Mundial de 1986. La cifra no es elegida al azar. Pertenece a la memoria sagrada del fútbol mexicano. Esta vez, sin embargo, no se trata de batir un récord para celebrar un logro deportivo. Se trata de movilizar a una comunidad global para apoyar a quienes viven en la más extrema precariedad. Cada lugar adquirido representa una contribución destinada a financiar programas de inclusión y reintegración. Detrás de la simplicidad Del concepto se esconde una idea poderosa: transformar la pasión de los seguidores en un motor de cambio social.

Si bien las grandes competiciones modernas suelen ser criticadas por su desconexión con las realidades humanas, esta iniciativa propone todo lo contrario. Pide a los amantes del fútbol que miren más allá del resultado y el espectáculo para interesarse por las vidas que intentan reconstruirse. Las cifras son vertiginosas, pero son sobre todo las historias las que impactan. El de Linnet, en Zimbabwe, resume el alcance de este movimiento. En el Mundial de Personas sin Hogar de Seúl 2024, fue la única mujer en la selección masculina de su país antes de ser elegida mejor portera del torneo. Su carrera va mucho más allá del marco deportivo. Como tantos otros participantes, encontró en el fútbol un refugio contra el aislamiento, un motivo para seguir creyendo en el futuro cuando todo parecía cerrarse. Estas trayectorias individuales son el verdadero tesoro de la competición. Cuentan las historias de personas que se reconectan con su comunidad, que mejoran su salud mental, que encuentran vivienda o trabajo después de haber vivido en los márgenes durante mucho tiempo. Casi nueve de cada diez jugadores dicen haber visto una mejora en su bienestar psicológico después de participar. Para muchos, ponerse la camiseta nacional no es sólo un honor. Esta es una prueba tangible de que todavía existen a los ojos del mundo. En un momento en el que más de 300 millones de personas sufren algún tipo de falta de vivienda y más de mil millones viven en condiciones de vivienda extremadamente precarias, estas historias resuenan como actos de resistencia.

Cuando despegue la edición de 2027, su objetivo declarado quedará claro. Ocupar prácticamente 115.000 asientos para ayudar a cambiar las vidas de 5.000 personas más. La promesa puede parecer modesta en comparación con los miles de millones invertidos en el fútbol profesional. Sin embargo, tiene una fuerza que el dinero no siempre puede comprar. El de recordar que el fútbol nació en las calles antes de habitar los palacios. La de recordar que a veces un globo puede valer más que un discurso político. La de recordar sobre todo que detrás de cada estadística se esconde un rostro, un nombre, una historia interrumpida que busca un nuevo comienzo. Cuando el mundo entero vibre por los goles marcados durante el Mundial 2026, México también afinará la recepción de esta otra competición, discreta pero profundamente necesaria. Un Mundial donde los trofeos cuentan menos que los renacimientos. Un Mundial donde la victoria más importante no está escrita en el marcador sino en la vida de quienes encuentran un lugar en la sociedad. Un Mundial que recuerda con singular fuerza que el fútbol, ​​cuando se mantiene fiel a su alma, todavía puede cambiar destinos.

Ver esta publicación en Instagram

Una publicación compartida por Homeless World Cup (@homelessworldcup)

México favorito, Francia bien situada

Desde hace mucho tiempo, este Mundial de Homeless tiene sus grandes dinastías, sus favoritas, sus finales legendarias y sus naciones reinas. Sobre el terreno, el nivel suele ser mucho más alto de lo que imaginan quienes descubren la competencia. Los partidos se juegan cuatro contra cuatro, en espacios reducidos, a un ritmo frenético donde llueven los goles y donde la técnica individual muchas veces marca la diferencia. Con el paso de los años, México se ha consolidado como el referente absoluto en este fútbol callejero globalizado. Los hombres ganaron cinco títulos mundiales, un récord histórico, mientras que las mujeres construyeron un dominio aún más impresionante con nueve coronas y una serie de victorias que marcaron a toda una generación de jugadoras. Detrás del gigante mexicano, Chile y Brasil lucen desde hace tiempo los colores de América Latina en lo más alto de la jerarquía, mientras que Escocia e Italia también han dejado su huella en la historia del torneo. Más recientemente, surgieron caras nuevas con la sorpresiva coronación de Egipto en la edición de 2025 en Oslo. Esta diversidad dice algo profundo sobre la competencia. A diferencia del fútbol profesional dominado por unas pocas potencias económicas, la Copa Mundial de Personas sin Hogar todavía deja espacio para lo inesperado. Un país puede salir de las sombras, escribir su epopeya y alterar el orden establecido. Detrás de cada trofeo levantado se esconde menos una demostración de poder que una victoria colectiva sobre la exclusión y las divisiones sociales.

Francia mantiene una relación más discreta con esta competición. Sin embargo, el país acogió el evento bajo la Torre Eiffel en 2011, proporcionando a la Copa Mundial de Personas sin Hogar uno de sus escenarios más emblemáticos. A nivel deportivo, los Bleus nunca han entrado en el círculo muy cerrado de las grandes naciones dominantes. Su historia se escribe más en la fidelidad a un proyecto social que en la acumulación de trofeos. Los equipos franceses han participado regularmente en la aventura mundial, a menudo lejos de los primeros lugares, pero siempre presentes en este encuentro donde el resultado final es sólo una parte de la historia. Porque aquí, la selección nacional no reúne a los jugadores más talentosos de un campeonato, sino a mujeres y hombres cuyas vidas a veces han dado un vuelco antes de que el fútbol les tienda una nueva mano. Esta realidad le da un sabor particular a cada encuentro. Cuando México colecciona estrellas y Chile, Brasil o Escocia enriquecen su palmarés, Francia emprende otra lucha, la de la inclusión a través del deporte. Y eso es quizás lo que hace que esta Copa del Mundo sea tan única. En las gradas invisibles de esta competición nadie cuenta realmente los trofeos. Sobre todo, recordamos los viajes, las nuevas perspectivas, los jugadores que llegan golpeados por la vida y se van con algo que ninguna medalla podrá igualar: la convicción de que pertenecen nuevamente a un equipo, a una comunidad y, a veces, simplemente al mundo.

En un momento en que las ciudades a veces están aprendiendo a mirar hacia otro lado, esta Copa Mundial es un recordatorio de una verdad simple y profundamente humana. Detrás de cada silueta atravesada en una acera, detrás de cada rostro que pasamos sin decir una palabra, hay una historia, recuerdos, heridas pero también sueños que nunca han desaparecido del todo. Hay un padre que llevaba a su hijo al estadio los domingos, una estudiante que imaginaba su futuro de otra manera, un aficionado que se emocionaba con los mismos partidos que tú, un entusiasta que se sabe de memoria las hazañas de su club favorito. La precariedad suele borrar los rostros ante los ojos de la sociedad. El fútbol les vuelve a dar nombre. Nos recuerda que las personas sin hogar no se definen por su situación sino por todo lo que han sido, todo lo que todavía son y todo lo que pueden volver a ser. La próxima vez que nos veamos en la calle, tal vez deberíamos recordar esto. El que hoy ignoramos puede haber celebrado los mismos goles, vestido los mismos colores y compartido las mismas emociones que nosotros. Básicamente, algunos accidentes en la vida a veces son suficientes para separar dos trayectorias que, inicialmente, eran mucho más similares de lo que imaginamos.

Para seguir leyendo Más sobre la vida deportiva en BJ