Mundial 2026: ¡Estados Unidos ya ha violado varias reglas de la FIFA!

Mundial 2026: ¡Estados Unidos ya ha violado varias reglas de la FIFA!

A pocos días del inicio del Mundial de 2026, ya está surgiendo una observación embarazosa. El torneo que debería celebrar la universalidad del fútbol mundial se encuentra en el centro de una controversia que afecta precisamente a lo que debería constituir su razón de ser: el acceso para todos a la competición. Desde la inauguración del Mundial los testimonios y casos documentados se han multiplicado. El más espectacular sigue siendo el de Omar Artan, árbitro somalí seleccionado para participar en la competición y finalmente privado de entrar en territorio americano. Un símbolo desastroso para una FIFA que no deja de elogiar la inclusividad del fútbol mundial. Pero el asunto no termina ahí. Los funcionarios de la federación palestina denunciaron sus dificultades de acceso. Varios medios de comunicación han informado de complicaciones que afectan a periodistas y fotógrafos vinculados a la cobertura oficial del evento. Los partidarios iraníes, ghaneses y marfileños hablaron de negativas o de obstáculos administrativos que hacían prácticamente imposible su presencia. Se llevaron a cabo registros irrazonables en la delegación senegalesa. Según se informa, los funcionarios iraníes también han encontrado dificultades similares. Incluso el caso de Aymen Hussein, estrella iraquí, atrapado durante varias horas en el aeropuerto por trámites migratorios, fue mencionado en varias discusiones en torno al torneo. Considerados aisladamente, cada uno de estos episodios podría presentarse como un incidente administrativo. Colocados uno al lado del otro, pintan un panorama mucho más inquietante. El de un Mundial en el que el acceso depende menos del estatus oficial concedido por la FIFA que del pasaporte que posea el interesado.

El problema es que la FIFA era consciente de estos riesgos cuando adjudicó la organización de la competición. El proceso de solicitud se basa en un conjunto extremadamente detallado de garantías gubernamentales exigidas a los países anfitriones. Detrás de las imágenes de estadios flamantes y de las promesas de beneficios económicos se esconden especificaciones reales. Los estados candidatos deben, en particular, demostrar su capacidad para acoger a jugadores, árbitros, delegaciones oficiales, federaciones nacionales, socios comerciales, medios de comunicación acreditados y aficionados extranjeros. Deberán ofrecer garantías en cuanto a los trámites de visado, la libertad de viaje vinculada al torneo y las condiciones de entrada a su territorio. Desde hace varios años, la FIFA también afirma haber integrado una dimensión de derechos humanos en sus procedimientos de adjudicación. El artículo 3 de sus estatutos dice en blanco y negro que la organización es “comprometidos a respetar todos los derechos humanos internacionalmente reconocidos”. Sobre el papel, el mensaje parece claro, pero un Mundial no puede reservarse a unas nacionalidades más que a otras. Se supone que pertenece a todo el mundo, como le gustaría al valor más importante del fútbol. Los países anfitriones no son elegidos sólo porque tengan infraestructuras modernas, sino que deben asumir la responsabilidad de acoger a toda la comunidad del fútbol mundial.

¿Se violaron al menos 6 reglas de la FIFA?

Pero es precisamente esta promesa la que hoy parece flaquear. La cuestión ya no es si Estados Unidos tiene el derecho soberano de controlar sus fronteras. Ningún observador serio cuestiona este principio. La verdadera pregunta es diferente. ¿Por qué conceder la mayor competición deportiva del planeta a un país cuyas restricciones migratorias corrían el riesgo de afectar directamente a determinados participantes del torneo? Las dificultades observadas desde los primeros días no son impredecibles. Se conocen desde hace años y las restricciones que afectan a determinadas nacionalidades ya figuraban entre los temas de preocupación planteados por ONG, investigadores y varias organizaciones de derechos humanos, incluso antes del inicio de la Copa del Mundo. Hoy, estas preocupaciones están adquiriendo una dimensión concreta. Cuando un árbitro designado por la FIFA no pueda incorporarse a la competición. Cuando un funcionario federal queda varado fuera del territorio. Cuando un periodista acreditado encuentra obstáculos incompatibles con su misión. Cuando un seguidor con entrada prácticamente no tiene posibilidades de obtener permiso para viajar. El problema deja de ser teórico y se vuelve visible para el mundo entero.

Sin embargo, la FIFA tiene otros textos que hacen que la situación sea especialmente embarazosa. El artículo 4 de sus estatutos prohíbe cualquier forma de discriminación basada, en particular, en el origen nacional. Por supuesto, esta disposición se dirige principalmente a los propios futbolistas. Pero expresa una filosofía general a la que la FIFA suele adherirse. La de un deporte que trasciende fronteras y rechaza las distinciones basadas en la nacionalidad. Sin embargo, los primeros días del Mundial dan precisamente la impresión contraria. Los seguidores de determinadas selecciones parecen poder moverse sin mayores dificultades mientras que otros se enfrentan a una auténtica carrera de obstáculos. Algunas delegaciones pueden viajar con normalidad mientras que otras se enfrentan a bloqueos administrativos o diplomáticos. Algunas nacionalidades se benefician de un acceso casi automático, mientras que otras deben afrontar procedimientos cuyo resultado sigue siendo incierto hasta el último minuto. Por eso resulta difícil reducir la cuestión a unos pocos casos aislados. Al menos seis compromisos o principios centrales asociados a las especificaciones de la FIFA parecen haber sido puestos en tensión o potencialmente contradichos por las políticas de visas aplicadas durante los primeros días del Mundial 2026: el acceso de árbitros, funcionarios, medios y aficionados, así como el principio de no discriminación y los compromisos manifestados en materia de derechos humanos. Incluso sin hablar legalmente de violaciones formales, la lista es lo suficientemente larga como para plantear una cuestión política importante a la FIFA.

Quizás lo más llamativo siga siendo el relativo silencio que rodea esta controversia dentro de la institución. En Rusia, cada debate geopolítico parecía convertirse en un tema global. En Qatar, cada contradicción entre los compromisos de la FIFA y la realidad sobre el terreno fue objeto de cobertura permanente. Las críticas eran a menudo legítimas y merecían ser formuladas. Sin embargo, a pocos días del inicio del Mundial de 2026, árbitros, funcionarios federales, periodistas y aficionados se ven impedidos de participar plenamente en el evento sin provocar la misma tormenta mediática internacional en el seno de las federaciones y confederaciones. Como si ciertos países tuvieran que demostrar diariamente su conformidad con los valores proclamados del fútbol mientras otros se beneficiaran de una presunción de virtud casi automática. La pregunta merece hacerse. Si la universalidad del fútbol constituye realmente un principio innegociable, entonces debería aplicarse con el mismo rigor en Doha, Moscú, Nueva York, Los Ángeles o Miami. De lo contrario, la FIFA corre el riesgo de descubrir que el verdadero escándalo de este Mundial no se refiere sólo a las denegaciones de visado. También se refiere a la credibilidad de un discurso que pretende defender principios universales y al mismo tiempo parece aplicarlos con geometría variable. ¿Mundial de vergüenza dijiste?

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